El tradicionalista no es sino un hombre moderno profundamente enojado con la modernidad; es decir consigo mismo.
Incapaz de reconocer lo divino en la intimidad desnuda del alma, ese hombre patético se hunde, como Narciso en su imagen, en la sombra de un recuerdo que ni siquiera es suyo.
Otra cosa son las tradiciones. Pues lo que las tradiciones entregan (traditio, de tradere: transmitir, entregar) sólo puede ser depositado en nuestro interior; y solamente allí puede ser recibido.
Pero el tradicionalista no recoge la tradición en su interior sino que intenta alcanzarla de modo voluntarista. De ahí la rigidez y el aire farisaico que caracteriza su relación con la misma.
Incapaz de reconocer lo divino en la intimidad desnuda del alma, ese hombre patético se hunde, como Narciso en su imagen, en la sombra de un recuerdo que ni siquiera es suyo.
Otra cosa son las tradiciones. Pues lo que las tradiciones entregan (traditio, de tradere: transmitir, entregar) sólo puede ser depositado en nuestro interior; y solamente allí puede ser recibido.
Pero el tradicionalista no recoge la tradición en su interior sino que intenta alcanzarla de modo voluntarista. De ahí la rigidez y el aire farisaico que caracteriza su relación con la misma.
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