Podría definirse la autocracia como la usurpación de un principio por parte de un individuo.
Así, cuando un individuo no representa un principio, aunque diga hacerlo, sino que pretende encarnarlo, entonces, se trata de un autócrata. Excepto, claro, que ese individuo haya trascendido su individualidad. Pero eso es lo mismo que decir que ya no se trata de un individuo.
En términos generales el autócrata es la caricatura, a la vez imitación y deformación grotesca, del principio que pretende representar. Pero, además, lo traiciona.
¿Porqué? porque ha escamoteado la diferencia entre él mismo y el principio. De modo que mientras dice representarlo en realidad lo obstruye; ya que ocupa su lugar.
Ahora bien, el principio usurpado en la autocracia varía en cada caso. Pues existen autocracias espirituales, intelectuales, políticas, económicas, morales, ideológicas, familiares, y otras. Y en todos los casos el autócrata usurpa aquél principio, precisamente, que debería dar dirección y unidad al grupo o la colectividad en cuestión.
Por otra parte, en el autócrata se reconoce siempre algún grado de imbecilidad, violencia y megalomanía. Y en sus seguidores diversos grados de imbecilidad, violencia y cobardía.
Aunque esas características no tienen porqué ser evidentes, ni menos aún estridentes. Ya que la autocracia no se da solamente en circunstancias extraordinarias y visibles, sino también en lo cotidiano, pequeño e inadvertido.
Dicho de otro modo, no hace falta remitirse a un Hitler para hallar un autócrata. Pues, los autócratas pululan por doquier, como los insectos, y se los encuentra hasta en las mesas de café.
Y, para terminar, tal vez alguien se pregunte ¿cómo reconocer al autócrata cuando no es evidente?
Así, cuando un individuo no representa un principio, aunque diga hacerlo, sino que pretende encarnarlo, entonces, se trata de un autócrata. Excepto, claro, que ese individuo haya trascendido su individualidad. Pero eso es lo mismo que decir que ya no se trata de un individuo.
En términos generales el autócrata es la caricatura, a la vez imitación y deformación grotesca, del principio que pretende representar. Pero, además, lo traiciona.
¿Porqué? porque ha escamoteado la diferencia entre él mismo y el principio. De modo que mientras dice representarlo en realidad lo obstruye; ya que ocupa su lugar.
Ahora bien, el principio usurpado en la autocracia varía en cada caso. Pues existen autocracias espirituales, intelectuales, políticas, económicas, morales, ideológicas, familiares, y otras. Y en todos los casos el autócrata usurpa aquél principio, precisamente, que debería dar dirección y unidad al grupo o la colectividad en cuestión.
Por otra parte, en el autócrata se reconoce siempre algún grado de imbecilidad, violencia y megalomanía. Y en sus seguidores diversos grados de imbecilidad, violencia y cobardía.
Aunque esas características no tienen porqué ser evidentes, ni menos aún estridentes. Ya que la autocracia no se da solamente en circunstancias extraordinarias y visibles, sino también en lo cotidiano, pequeño e inadvertido.
Dicho de otro modo, no hace falta remitirse a un Hitler para hallar un autócrata. Pues, los autócratas pululan por doquier, como los insectos, y se los encuentra hasta en las mesas de café.
Y, para terminar, tal vez alguien se pregunte ¿cómo reconocer al autócrata cuando no es evidente?
Pues, hay un truco simple: herir su ego. Entonces, infaliblemente, el autócrata mostrará su verdadera naturaleza...
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