jueves 28 de octubre de 2010

Libertad, alienación y límites.

Se ha dicho que la libertad es la ausencia de límites. Definición que, si bien es incontestable cuando se la considera en abstracto, no nos dice mucho, debido a que es absoluta, acerca de la libertad que concierne al ser finito; es decir al ser limitado por naturaleza.

Si, en cambio, decimos que la libertad es la ausencia de coacción, tenemos una noción más relativa, pero, en cierto sentido, más fecunda. Pues dentro del horizonte de comprensión abierto por esa noción puede indagarse sobre el significado de la libertad para el ser finito, es decir limitado.

Así, la cuestión es comprender cómo puede haber libertad, es decir ausencia de coacción, en presencia de límites, o en qué consiste dicha libertad, si la hay.

Pues bien, a nuestro juicio, hay libertad en presencia de límites cuando los límites son puestos por el propio ser como expresión de su mismo ser. Esos límites, entonces, no implican coacción alguna.

Existe la libertad correlativamente a los límites cuando los límites se los da el ser a sí mismo como expresión de su ser. Los límites son así, paradójicamente, solidarios de la libertad y no sus opuestos.

Una libertad como esa no es extraordinaria; dado que, sin ir más lejos, se la encuentra, aunque casi nunca en forma pura, en el amor, la paternidad y el arte, por poner sólo algunos ejemplos.

Pero, esa libertad tampoco es algo dado. Ya que el funcionamiento de facto de nuestra sociedad requiere de la constante alienación y coacción de los seres singulares bajo el imperio abusivo e idiotizante de las fuerzas colectivas.