martes 2 de noviembre de 2010

El saber y la verdad

La distinción entre el saber y la verdad abre interesantes posibilidades de indagación; especialmente para quienes buscan la última y a la vez no han renunciado a la llamada 'actividad intelectual'.

El tipo puro del hombre identificado con el saber es el erudito. Pues, la erudición no implica de suyo una relación con la verdad. De hecho el erudito puede saber mucho sobre algún tema sin que el mismo sea verdadero para él.

Digamos, por poner un ejemplo, que puede saber todo lo que es dable saber acerca de una escuela de sabiduría. Entonces, es capaz de leer los escritos antiguos de la misma en su lengua original, conoce a la perfección el itinerario histórico de sus documentos y los aportes de sus grandes intérpretes, etc., pero todo ello sin relación con la verdad. Pues, el erudito domina ese saber, lo posee, lo sabe, pero no lo ha interiorizado.

El tipo puro de hombre identificado con la verdad es el místico. Pues, la mística supone una relación con la verdad pero no requiere del saber. Y no solo no lo requiere sino que el mismo constituye, en algún momento, un obstáculo en el ascenso hacia aquella.

Por eso se dice que el místico se encuentra con la verdad en el 'desierto' del alma. Es decir más allá de toda noción, de toda imagen, y de todo punto de referencia al que aferrarse.

Por supuesto estos tipos puros son ficticios. Pues, de hecho, tanto el erudito como el místico son también hombres empíricos y por lo tanto seres compuestos, mixtos, e incluso contradictorios en muchos aspectos; incluyendo su relación con el saber y con la verdad. Pero aquí esas ficciones conceptuales nos sirven solamente para ilustrar la idea que intentamos plantear.

La cuestión a investigar es, entonces, esta: ¿Es posible la unidad entre el saber y la verdad. Y si lo fuera, ¿Cómo habría que comprenderla?

Pues bien, a nuestro entender, hay unidad entre saber y verdad cuando el saber ha sido plenamente interiorizado.

Es decir cuando el sujeto del saber, el que sabe, reconoce en sí mismo la verdad de eso que sabe. Pero no la reconoce únicamente como la verdad de lo que sabe sino, también, como su propia verdad. Así, los contenidos de su saber se le presentan como reflejos, necesariamente indirectos, de su propio ser.

En cambio, si el que sabe no se reconoce a sí mismo en lo que sabe, entonces, sólo tiene, en el mejor de los casos, una colección de nociones abstractas y datos exteriores {*}. Colección que puede ser muy consistente y estar bien articulada, pero carece de verdad. No porque sea falsa sino porque si es verdad, suponiendo que lo sea, lo es sólo de modo general; pero no es su verdad. El saber, entonces, aún siendo verdadero de manera abstracta, no es la verdad de su propio ser.

Con estas breves observaciones podemos ya esbozar otros dos tipos en relación al saber y la verdad. Estos son los tipos deformes; las caricaturas; los tipos que aluden a modos de ser y de comprender que involucran grotescas distorsiones de dicha relación: el dogmático y el anti intelectualista sentimental.

El dogmático cree que el saber le brinda de manera inmediata la verdad. Por eso habla en nombre de esta última pero sin haber superado el nivel de comprensión que corresponde a aquél.

Pues, la verdad tiene una referencia interior; es decir una relación con el alma que experimenta esa verdad; referencia que no puede ser objeto de una preceptiva, ni puede ser, tampoco, determinada exteriormente, ni a priori.

Así, cualquier magisterio que se ejerce de manera unilateral y autoritaria, representa, en el mejor de los casos, un saber; el cual puede ser genuino; pero nunca la verdad.

El anti intelectualista sentimental, por su parte, rechaza todo saber. Pues este le parece a priori inauténtico y amenazador; ya que ha hecho de su emocionalidad subjetiva la clave de la verdad.

Así, carece de la hondura cognoscitiva del místico, quien en cambio ha sobrepasado el nivel de la subjetividad psicológica, y al rechazar el saber creyendo que defiende la verdad, en realidad defiende su propia ignorancia.

El dogmático empuña con firmeza la espada de la letra, pero su espíritu se le escurre entre los dedos...

El sentimental se enciende en profundas emociones; pero su ardor es al conocimiento, como el orín de los perros es al rocío del cielo...

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*) No consideramos aquí el caso de ciertos corpus de saber, que pueden ser llamados mistéricos, conformados exclusivamente por símbolos y en ausencia de toda asignación a priori de sentido. Pues se trata de casos de una índole muy especial y que no nos parece oportuno tratar aquí.

Pero cabe señalar, de paso, que el hecho de que en esos contextos sea frecuente encontrar interpretaciones estereotipadas, es decir racionalizaciones devenidas clisés, indica por sí mismo la degradación de ese tipo de enseñanza en la actualidad.

Por otra parte, puestos a hablar de esto, aunque queremos mantenerlo dentro de límites muy estrechos, también cabe señalar que la inefabilidad mistérica, iniciática, no es la del místico. Pues mientras que este último apunta a un más allá de toda representación, la primera se soporta precisamente en representaciones, en sus símbolos. Aunque estos no constituyen un código destinado exclusivamente a su interpreción conceptual, sino que, en tanto mistéricos, operan por su sola presencia. Es decir, esos símbolos re-presentan, vuelven a traer a la presencia, ciertas posibilidades internas del hombre.

Ahora bien, esa presencia de los símbolos no debe limitarse al 'estar ahí' propia de los objetos, sino que debe ser interiorizada. Así, se reencuentra ahí la dialéctica del saber y la verdad, de la cual hablábamos, pero traspuesta a otro plano.