sábado, 27 de marzo de 2010

El símbolo de Fama y el centro del universo

En esta entrada queremos evocar la figura de Fama, el monstruo mitológico del cual nos hablan Virgilio y Ovidio.

La pintura que traza Ovidio de Fama es más amplia y sugestiva que la del poeta nacional de Roma, de modo que nos apoyaremos en ella. Leemos en el libro XII de las Las metamorfosis (1):

"El centro del Universo es un lugar igualmente alejado del cielo, de la tierra y del mar, y que sirve de límite a estos tres imperios. Se descubre desde este punto todo lo que pasa en el mundo y se oye todo lo que se dice. En este lugar habita la Fama sobre una torre rodeada de mil avenidas. El techo está horadado por todas partes; no se encuentra en ella ninguna puerta, y permanece abierta día y noche. Las murallas están hechas de un metal sonoro, que repite todo lo que por el mundo se dice. Aunque el reposo y el silencio sean desconocidos en este lugar, jamás se oyen grandes gritos; solamente un ruido sordo y confuso, que semeja al del mar lejano o al que hacen las nubes después del relámpago. Los pórticos de este palacio están siempre llenos de una gran multitud que va y viene sin cesar; se oyen mil comentarios, tan pronto verdaderos como falsos. Allí reina la tonta credulidad, el error, una falsa alegría, el temor de las alarmas sin fundamento, la sedición y los murmullos misteriosos de autores desconocidos. La Fama, que es de aquel lugar la soberana, ve todo lo que en el cielo, mar y tierra sucede y examina todo con inquieta curiosidad"

Pues bien, aunque la 'tradición' académica considera que la de Ovidio es una recreación del símbolo de Fama, y por lo tanto carece de los valores de un auténtico mito, su figura, y particularmente la localización que de la misma hace Ovidio, nos parece sumamente significativa.

Notemos que Fama habita, según Ovidio (de eso no dice nada Virgilio), nada menos que en el 'centro del Universo'. ¿La 'recreación' de Ovidio, en este punto, es algo reductible a la subjetividad del poeta? ¿O se trata de que el autor se hizo eco de una tradición que trasciende cualquier creatividad y subjetividad personal?

Como sea, la localización de Fama sugiere, si se atiende a la caracterización que se hace de la propia Fama, que habita ahí precisamente para clausurar y obstruir el acceso a dicho centro.

Fama es, visto así, una suerte degradación e inversión del conocimiento unitivo propio del centro universal. Pues, en lugar de posibilitar el conocimiento de la unidad, es decir el acceso a la totalidad de lo manifestado a partir de su propio centro interior, tiende a distraerse en todas las direcciones llevando y trayendo 'mil comentarios, tan pronto verdaderos como falsos' sin discriminación alguna.

Así, el símbolo de Fama representa, al menos en uno de sus sentidos, el parloteo incesante y venenoso de la chusma; en tanto estorba la posibilidad de alcanzar el conocimiento genuino.

Pero, cabe aclarar, la chusma, lo colectivo, no es, no principalmente, lo 'popular', sino toda actividad, y todo sistema de valores y nociones, opuesto a la singularización de los seres.

Así, la voz de Fama es una suerte de viento multiforme cuyo sedimento de mugre se acumula allí donde la singularidad de los seres es negada.


Referencias:
(1) Las metamorfosis, Ovidio (traducción de Sainz de Robles, editado por Iberia. Edición que contiene también 'El arte de amar' del mismo autor).

viernes, 19 de marzo de 2010

Corruptio optimi pessima

Sabemos que el mundo, en esencia, rezuma belleza y sacralidad. Pero, en esta oportunidad no vamos a hablar de la gloria del mundo sino de su miseria.

Pues, sabemos también que el mundo está lleno de estupidez, daño, manipulación, falsedad, arrogancia, codicia, egoísmo y cobardía. Es duro decirlo, es feo, pero es así.

Sin embargo, eso no es lo peor. Lo peor es la presencia, entre los hombres, de auténticos operadores del Mal. Esos son los sirvientes, meretrices y perritos falderos de aquello que en la imaginería de algunos pueblos se identifica con 'el Diablo'. Son los malignos a los cuales cualquier falta humana les sirve de medio y oportunidad, pero que, en su iniquidad, están mucho más allá de todas ellas.

Pues bien, lo paradójico es que los malignos no alcanzan la plenitud allí donde el hombre está entregado a sus debilidades y excesos, sino donde se cultiva la virtud y se aspira a la verdad.

Eso es así porque lo rige una ley oculta que suele ser ignorada por el dualismo moralizante de la religión exterior. Es así porque, como fue dicho alguna vez, el Mal está donde está Dios. Donde estaba Jesús estuvo Judas, donde estaba Shakyamuni estuvo Devadatta.

El Mal no está, no principalmente, donde está el mundo. Donde está el mundo suele haber sombras y muerte, pero no un verdadero fuego infernal.

Corruptio optimi pessima: la corrupción de lo mejor conduce a lo peor.

Así, el Mal no se manifiesta plenamente en la conciencia mundana, por desordenada y destructiva que ésta sea, sino en la conciencia de lo sagrado. Precisamente ahí donde dicha conciencia ha desviado su sentido y pervertido su fin.