jueves, 28 de octubre de 2010

Libertad, alienación y límites.

Se ha dicho que la libertad es la ausencia de límites. Definición que, si bien es incontestable cuando se la considera en abstracto, no nos dice mucho, debido a que es absoluta, acerca de la libertad que concierne al ser finito; es decir al ser limitado por naturaleza.

Si, en cambio, decimos que la libertad es la ausencia de coacción, tenemos una noción más relativa, pero, en cierto sentido, más fecunda. Pues dentro del horizonte de comprensión abierto por esa noción puede indagarse sobre el significado de la libertad para el ser finito, es decir limitado.

Así, la cuestión es comprender cómo puede haber libertad, es decir ausencia de coacción, en presencia de límites, o en qué consiste dicha libertad, si la hay.

Pues bien, a nuestro juicio, hay libertad en presencia de límites cuando los límites son puestos por el propio ser como expresión de su mismo ser. Esos límites, entonces, no implican coacción alguna.

Existe la libertad correlativamente a los límites cuando los límites se los da el ser a sí mismo como expresión de su ser. Los límites son así, paradójicamente, solidarios de la libertad y no sus opuestos.

Una libertad como esa no es extraordinaria; dado que, sin ir más lejos, se la encuentra, aunque casi nunca en forma pura, en el amor, la paternidad y el arte, por poner sólo algunos ejemplos.

Pero, esa libertad tampoco es algo dado. Ya que el funcionamiento de facto de nuestra sociedad requiere de la constante alienación y coacción de los seres singulares bajo el imperio abusivo e idiotizante de las fuerzas colectivas.

viernes, 22 de octubre de 2010

Metempsicosis

"Porque yo ya fui en un tiempo niño y niña, y árbol y ave y mudo pez en el mar..." {*}

Todas las cosas son modificaciones del pensamiento. Por eso, el pensamiento, una vez purificado y esclarecido, se reconoce en ellas; y así descubre que el universo es el espejo de la mente.


Referencias:
(*): Empédocles, fragmento 17, en Mondolfo, El pensamiento antiguo, tomo I (editado por Losada, Bs. As.).

viernes, 15 de octubre de 2010

Mors ultima ratio

"Mas créelo que es verdad; sepas que yo llegué al término de la muerte, y hallado el palacio de Proserpina, anduve y fui traído por todos los elementos, y a medianoche vi el Sol resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y bajos, y lleguéme cerca y adorélos; he aquí, te he dicho, lo vi" ´{*}

Lo que llamamos 'la vida' es un camino de preparación, en general largo y difícil, para la muerte.

Mors ultima ratio: la muerte es la razón última. Y para no olvidarlo es necesario mantenerse vigilante y centrado, resistiendo al influjo idiotizante de la sociedad y la cultura.

El que pasa la prueba, muere; y así se inicia en la vida verdadera.

El resto sigue hundido en el sopor hasta que, finalmente, pierde la posibilidad de despabilarse.

Pues la muerte no es un hecho natural, dado que lo que tiene de natural es lo más exterior y secundario, sino más bien una encrucijada. Una en la cual se juega el sentido último de la vida.

Dicho sea de paso, en antigua Grecia la palabra 'telos', que significa a la vez meta y culminación, estaba íntimamente ligada a los Misterios de Eleusis. De hecho, la iniciación en los mismos se denominaba 'telete' y al lugar del santuario en el cual se desarrollaba se lo llamaba el 'telesterion'.

Nuestro español 'fin' contiene las dos significaciones, es decir de propósito y de finalización; así la lengua nos invita a la reflexión...


(*): Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro (editado por Iberia, Barcelona, 1973).

viernes, 8 de octubre de 2010

Cuerpos incorruptos

"Toda alma tiene un cuerpo eterno que participa directamente de ella. En consecuencia el alma particular tiene un cuerpo de esta clase"
Proclo

"Sí, cuando estos cuerpos, tal como tú los ves en este mundo, se han purificado completamente de sus accidentes extraños y perecederos, el modo de ser de lo que había abajo se une al modo de ser de lo que hay arriba"
Mulla Sadra Sirazi

Tanto en el budismo como en el cristianismo, aunque no exclusivamente, es bien conocido el fenómeno de los cuerpos físicos incorruptos. Es decir, cuerpos de santos e iluminados que tras la muerte física conservan su forma humana durante un tiempo extraordinariamente largo; en algunos casos, de muchos siglos.

La cuestión da que pensar. Por supuesto no pretendemos explicarla, ni mucho menos agotar su sentido, pero sí reconocer algo de lo que dicho fenómeno nos indica.

En principio, salta a la vista lo siguiente: en los cuerpos incorruptos la forma corporal humana individual se mantiene presente en el substrato material, el cadáver, aún en ausencia de vida biológica.

Es decir, la forma individual del cuerpo se mantiene en el cadáver porque algo informa, da forma, al substrato material que en ausencia de vida biológica debía haberse disgregado. Pues, ordinariamente, la muerte deja al substrato librado a sí mismo; o mejor dicho lo deja librado a procesos de orden inferior (físico-químicos) a los que rigen al organismo vivo en su conjunto.

Entonces, en los cuerpos incorruptos la forma corporal individual está presente en un substrato material que ya no vive en el sentido natural de esta palabra. Por sí misma esta observación sugiere la existencia de una corporalidad sobrenatural en el sentido estricto de la expresión: una corporalidad que supera la naturaleza; que está por sobre la misma.

Dicho sea de paso, la idea de una 'corporalidad sobrenatural' suele chocar a las mentalidades racionalistas, ya que las lleva más allá de los límites de su comprensión. Pues, un sello, una marca de identidad, característica del racionalismo es, precisamente, su incapacidad para concebir las realidades concretas y singulares que trascienden la mera exterioridad empírica del mundo ordinario. Por eso cuando el racionalista intenta remontar más allá de lo mundano sólo puede hacerlo mediante nociones generales y abstractas; tales como 'fuerzas', 'leyes', etc. Por eso mismo, también, suele ser incapaz de apreciar el valor noético del arte y su significación ontológica.

Volviendo a nuestro tema, si la forma corporal individual se mantiene en el cadáver es porque el substrato material permanece ligado, de alguna manera, al principio formativo del cuerpo individual. Y lo extraordinario es que ese lazo se mantiene más allá de la vida biológica. Lo cual indica, de suyo, que dicho principio no es en esencia biológico sino de otro orden.

Aunque, por otra parte, y como todos sabemos, en la muerte de los seres humanos ordinarios, así como de los animales, el cadáver mantiene la forma del cuerpo sólo momentáneamente; pues a la muerte le sigue inexorablemente el proceso de descomposición cadavérica.

Ahora bien, si nos preguntamos porqué en un caso la forma se mantiene y en el otro se descompone, arribamos, casi por necesidad, a la siguiente idea: que la forma se descompone ahí donde el principio de la forma, principio configurador y unificador, ha desaparecido o dejado de actuar. Mientras que la forma se mantiene ahí donde el principio de la forma está todavía, de algún modo, presente. Y la diferencia entre uno y otro caso es de índole espiritual.

Por supuesto han existido seres altamente espirituales cuyos cuerpos no se han mantenido incorruptos tras la muerte. Pero eso no importa aquí, pues no estamos intentando extraer una ley explicativa general sino sólo reflexionando sobre la corporalidad a partir de un fenómeno que nos obliga a ir más allá la aporía racionalista entre lo corporal y lo abstracto.

Entonces, decíamos que en un caso el principio de la forma corporal se halla presente en el cadáver y en el otro se ha retirado o dejado de actuar. Ahora bien, ¿significa eso que alguna 'cosa' actúa sobre la materia de los cuerpos incorruptos y esa misma cosa no actúa en los cadáveres ordinarios? ¿se trata de que en los cuerpos incorruptos existe una suerte de influencia celestial que actúa físicamente y desde fuera sobre la materia impidiendo su corrupción?

Esa representación, precisamente por lo que tiene de mundano, tiende a confundir. Resulta más adecuado pensar que es el substrato material mismo el que cambia. Es decir, no se trata de que en un caso existe una influencia sobrenatural sobre el cadáver y en el otro no, sino que en el primer caso el substrato material del cuerpo se ha modificado.

Podría decirse, teniendo como referencia a la alquimia y a la gnosis neoplatónica, que el alto grado de desarrollo espiritual alcanzado por los santos cristianos y los iluminados budistas ha modificado ya en vida el substrato material de sus cuerpos. Y esa modificación consiste en una purificación tal de los elementos naturales que los mantiene asociados, y por lo tanto unificados, al principio de la corporalidad individual. Es decir al cuerpo espiritual.

Dicho de otro modo, esa purificación ha espiritualizado la materia haciéndola análoga, semejante, a su principio interior. Y por lo tanto también la ha sacralizado.

Para terminar, digamos que la devoción popular comprende intuitivamente la sacralidad de esos cuerpos y su conexión con un principio individual; ya que los considera como signos de la sutil presencia en la tierra de los santos e iluminados honrados en sus respectivas religiones; mientras que la chusma ilustrada, agnóstica o no, tiende a negarlo con distintos pretextos. Entre ellos el que dice que podría tratarse de casos de momificación natural espontánea; cuando no de trucos instrumentados por los sacerdotes para sugestionar a las masas.

Pero esos cuerpos son realmente signos. Son huellas y analogías del cuerpo espiritual. Y el cuerpo espiritual es la máscara del ser; en el sentido que la palabra tenía en el teatro de antigua Grecia; es decir, su modo de aparecer, su epifanía.


Referencias:
- La cita de Proclo (neoplatónico de la Escuela de Atenas, siglo V d. C.) pertenece a sus Elementos de Teología, tesis 207 (editado por Aguilar, España).

- La cita de Mulla Sadra Sirazi (neoplatónico del Islam shiíta) pertenece a los textos de la Escuela Sayji incluidos en la antología seleccionada, traducida y comentada por Henri Corbin en Cuerpo espiritual y Tierra celeste (editado por Siruela, España).

sábado, 2 de octubre de 2010

El autócrata

Podría definirse la autocracia como la usurpación de un principio por parte de un individuo.

Así, cuando un individuo no representa un principio, aunque diga hacerlo, sino que pretende encarnarlo, entonces, se trata de un autócrata. Excepto, claro, que ese individuo haya trascendido su individualidad. Pero eso es lo mismo que decir que ya no se trata de un individuo.

En términos generales el autócrata es la caricatura, a la vez imitación y deformación grotesca, del principio que pretende representar. Pero, además, lo traiciona.

¿Porqué? porque ha escamoteado la diferencia entre él mismo y el principio. De modo que mientras dice representarlo en realidad lo obstruye; ya que ocupa su lugar.

Ahora bien, el principio usurpado en la autocracia varía en cada caso. Pues existen autocracias espirituales, intelectuales, políticas, económicas, morales, ideológicas, familiares, y otras. Y en todos los casos el autócrata usurpa aquél principio, precisamente, que debería dar dirección y unidad al grupo o la colectividad en cuestión.

Por otra parte, en el autócrata se reconoce siempre algún grado de imbecilidad, violencia y megalomanía. Y en sus seguidores diversos grados de imbecilidad, violencia y cobardía.

Aunque esas características no tienen porqué ser evidentes, ni menos aún estridentes. Ya que la autocracia no se da solamente en circunstancias extraordinarias y visibles, sino también en lo cotidiano, pequeño e inadvertido.

Dicho de otro modo, no hace falta remitirse a un Hitler para hallar un autócrata. Pues, los autócratas pululan por doquier, como los insectos, y se los encuentra hasta en las mesas de café.

Y, para terminar, tal vez alguien se pregunte ¿cómo reconocer al autócrata cuando no es evidente?

Pues, hay un truco simple: herir su ego. Entonces, infaliblemente, el autócrata mostrará su verdadera naturaleza...